En la tierra del dolor: Daudet y la enfermedad

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En 1884, año en que escribe Safo, la salud de Alphonse Daudet decae y comienza a escribir notas sobre la sífilis, enfermedad que contrajo al llegar a París a los 17 años, con una lectrice de la cour, una “dama de la flor y nata”. Pasaría así a engrosar la lista de los escritores sifilíticos: Baudelaire, Flaubert, Maupassant o Jules Gouncourt también padecerían la enfermedad. Declarado incurable en 1885, y cada vez más debilitado, escribiría estas notas hasta poco antes de su muerte en 1897.

La Doulou es un conjunto de cincuenta páginas en las que relata los síntomas y sufrimientos de su enfermedad, miedos y reflexiones. Publicado en 1930 y recuperado en 2002 por Julian Barnes en edición inglesa, son esbozos sobre la novela del dolor que planeó y nunca escribió. Traducida en España por la editorial Alba (En la tierra del dolor, 2003), la edición de Barnes se antoja imprescindible para poder descifrar una obra muy deslavazada, con una serie de comentarios al pie que conforman casi una conversación con Daudet acercándonos a su época.

En La doulou destaca la admirable lucha del autor por mantenerse sereno y pleno en sus facultades mentales. Prueba de su integridad es su tono de cronista, en el que el dolor no traspasa la letra. Sin imponer su sufrimiento, como no lo imponía a nadie procurando guardarlo para sí, no hacerlo molesto (“Dolor, siempre nuevo para el que lo padece y que va pareciendo trivial a quienes lo rodean. Todos se acostumbrarán a él, menos yo”); transformando su tormento en bondad, no siendo más que “un vendedor de felicidad”. Daudet se muestra desesperanzado pero no desesperado, no escribe desde la rabia o la ira sino asumiendo el dolor físico, reflexionando sobre cómo afecta a su escritura y buscando preservar la pureza del pensamiento: “¿de qué sirven las palabras para todo aquello que se siente a fondo en el dolor? Aparecen cuando todo ha acabado ya, se ha calmado ya. Nombran recuerdos estériles o mendaces”.

La Doulou arroja también algo de luz a Safo. A pesar de no haberse manifestado síntomas graves en él hasta los años ochenta, la enfermedad había provocado en Daudet la vergüenza (al menos en apariencia) por haber alternado en ambientes de artistas; de ahí surgiría la dedicatoria moralista a sus hijos: “Para mis hijos cuando cumplan veinte años”, escrita como consejo para sus relaciones futuras.

Como complemento a estas notas, Barnes recupera también para su edición los escritos precedentes de Daudet en Néris y Lamalou, los balnearios a los que acudía para sanarse, en los que cuenta sus relaciones con enfermos: “Al acabar la temporada, cuando cierran los baños, todo este aglomerado de dolor se disgrega, se dispersa. Todos y cada uno de estos enfermos vuelven a ser personas aisladas (…) Sólo en Lamalou los comprenden, se interesan por su enfermedad”. La tierra del dolor era también un lugar en el que, rodeado de gente, recuperaba paradójicamente su apego a la vida, lo que le hacía volver a las palabras del viejo escultor Caoudal (inspirado en el fotógrafo Nadar) cuando al perder a Safo exclamaba: “¡Y pensar que echaré de menos todo esto!”

Nos queda una obra apenas apuntada pero que conecta con la literatura de hoy, con los múltiples trabajos que, por el camino de la autoficción, han dado testimonio de las enfermedades del presente (SIDA, cáncer). En un siglo mucho más pudoroso con la escritura autobiográfica y en el que los escasos medios médicos, la poca claridad para los tratamientos, y los experimentos con diversas sustancias y drogas convertían estas enfermedades en algo inhumano (“no hay nada vivo en mí ya sino el padecer”; “hay que morirse tantas veces antes de morir: es esta ampliación de la condena lo terrible”), Daudet escribió sin máscaras ofreciendo un testimonio único.

La invención de la femme fatale

Hoy en día no habría que explicarle a nadie qué significa ser una femme fatale, es ya una figura asentada en la imaginería popular, nieta de Hollywood y, principalmente, hija de los hombres.

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La mujer del cuadro, Fritz Lang (1944) © sensacine.com

Y aunque a priori pudiésemos pensar ¿realmente tiene algo que ver?, esta procedencia masculina es la germinación del concepto. Porque quizás la femme fatale sea un dibujo del patriarcado, de las mentes ancladas en el modelo férreo de la homogeneidad, creada para asustar a los hombres, para decirles: ¡cuidado!, esas mujeres son tan fuertes como tú, tienen el mismo poder de decisión y el mismo derecho al engaño y al egoísmo, no son sumisas. Quizás la femme fatale sea como el coco que asusta todavía hoy a los niños, y no se hayan hecho nanas sobre ella pero sí películas y novelas y cuentos. Quizás Safo sea una de ellas y tú aún no la conozcas.

No se puede negar que la cabeza visible del arte a lo largo de los siglos fue siempre masculina, en el naturalismo español —época en la que se inscribe Safo (1884)— solo se suele señalar a la insigne Emilia Pardo Bazán y apenas nuestra memoria colectiva recuerda a otras mujeres, pero en la ficción escrita por hombres es muy usual encontrarnos caracteres femeninos, incluso como protagonistas. Esto puede que ya nos llame un poco más la atención: los personajes de ficción femeninos nacen de una pluma que no es de su mismo género.

El concepto de mujer fatal aparece, según los estudios, en la década de 1860 (tan sólo 24 años más tarde aparece nuestra Safo), coincidiendo con el auge de los movimientos feministas europeos.

2Perdición, Billy Wilder (1944) © cinemaadhoc.info

El empoderamiento de esas madres, esposas y hermanas puritanas comenzó a causar pavor entre los hombres. ¿Una mujer con derechos?: una mujer opresora. ¿Una mujer libre de decidir su sexualidad, su promiscuidad ante hombres y mujeres?: una mujer salvaje, sucia, vulgar.

En definitiva, una mujer de la que huir, a la que apartar. Así, está plasmada al principio de nuestra novela, una dedicatoria en forma de advertencia que les hace Daudet a los hombres, en concreto a sus hijos: «Para mis hijos cuando cumplan veinte años».

En esta misma época finisecular aparecen mujeres que luchan contra su opresión, que consiguen salir de su burbuja: Emma Bovary (1857), Nora Helmer (1879) o Anna Karenina (1877). Todas ellas mujeres libres, fuertes, emancipadas dentro de los márgenes  de su época; mujeres a las que había que tildar de algún modo, para que, pese a sus intentos de independencia y empoderamiento, tuviesen una advertencia explícita para los hombres en forma de apellido: fatale. Así, con esta creación bajo el brazo, todos podían distinguir a las buenas mujeres de las perversas, a las mujeres rectas de aquellas que marcaban el camino a la perdición de cualquier hombre.

Una de estas “malas mujeres” es nuestra Safo, una poeta griega encarnada en mujer francesa, quizás también amante de otras mujeres; un personaje clásico, para el que aún no existía un concepto como el que tratamos ahora, reflejado en una parisina de final de siglo que, sabedora de la realidad que le ha tocado vivir, no hace otra cosa que dignificar a esa mujer fatal que ni es tan bruja ni tiene tan malas intenciones ni es una arpía sin corazón, sino una mujer a la altura de un hombre.

3Gilda, Charles Vidor (1946) © nosologeeks.com

Safo de Daudet y Safo de Mitilene

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En la novela de Alphonse Daudet que publicaremos en junio, Safo, la protagonista, deambula entre los artistas parisinos de fines del siglo XIX. Su nombre real es Fanny Legrand, pero es conocida en el ambiente bohemio como la Safo, precisamente porque el escultor Caoudal usó su figura para realizar una versión en mármol y bronce de la Safo de Mitilene (o Safo de Lesbos), una poeta de la antigüedad griega: “Sobre la chimenea había un mármol de medio tamaño, reproducción de la Safo de Caoudal cuya fundición en bronce estaba por doquier y que Gaussin, desde muy pequeño, había visto en el despacho de su padre. Y, a la luz de la única vela colocada cerca del pedestal, se dio cuenta de la semejanza afinada y como rejuvenecida entre su amada y la obra de arte” (pág.23).

Aunque de los escritos de la Safo de Mitilene no se sabe mucho, ya que al parecer sólo se conoce uno integralmente (Oda a Afrodita), ella fue una poeta muy célebre en la antigüedad, conocida incluso como “la poetisa”, cuando “el poeta” era Homero. El tema recurrente en sus escritos era la pasión amorosa, tema que no dejó de ser controversial al referirse, sobre todo, al amor entre mujeres. De ahí que el término “lesbiana” haya tomado la connotación de “homosexual” (a partir del siglo X d.C, más o menos), porque en un principio, Safo era conocida como “la lesbiana”, en referencia a su renombre en la isla de Lesbos.

En las representaciones que se conocen de la Safo de Lesbos, ella siempre se personifica con una lira en sus manos. Y es que en la antigüedad los poetas eran también músicos de la lira y todas sus variantes. Por esto, tampoco es casualidad que Daudet, en su novela, haga que el poeta La Gournerie se refiera Safo con las expresión “¡Toda la lira!” (págs 43 y 60). Esta expresión puede interpretarse de muchas maneras, pero dejaremos que los lectores las descubran por sí mismos.

Una ventana al pasado: ilustraciones y grabados de Safo

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La segunda mitad del siglo XIX fue una época de apogeo para la ilustración en Francia debido a la cantidad de ilustradores que se vieron seducidos por la cultura francesa y en especial por la ciudad de París. Es precisamente esta época la que vio surgir los trabajos de uno de los mejores ilustradores de todos los tiempos: Gustave Doré, que ilustró novelas de Victor Hugo, cuentos de Poe o la obra por excelencia de Cervantes, Don Quijote de la Mancha.

La novela Safo de Alphonse Daudet consiguió también atraer en sus múltiples ediciones a una gran variedad de ilustradores y artistas que se interesaron por ella.

Hemos realizado una pequeña guía visual de sus ilustraciones:

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Luigi Rossi (1853-1923) fue el ilustrador de Safo en la edición inglesa de J.M. Dent and Co. de 1896. Este dibujante italiano destaca por sus acuarelas y la original composición de sus imágenes con el texto. En esa misma edición se encuentran ilustraciones de Felicien Myrbach (1853-1940), uno de los ilustradores austríacos más prolíficos de la época que ilustró en su estancia en París obras de Daudet, Victor Hugo y Jules Verne.

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Stanislaw Rejchan (1853-1919) fue un pintor, ilustrador y pedagogo polaco cuyas ilustraciones aparecen en la edición de 1905 de la Société des Beaux-Arts.

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Pero sin duda uno de los mejores ilustradores de Safo fue Louis Montégut (1855-1884), grabador nacido en la misma ciudad que Daudet, Nîmes, y con el que traba una gran amistad (llegó a realizar un retrato de Daudet con su mujer, Julie Allard). La serie de grabados que realiza son de una gran calidad técnica y muestran varias de las escenas más emblemáticas de la novela.

Las ilustraciones de Safo no solo nos permiten disfrutar del talento y la creatividad de los dibujantes citados sino que también conforman una ventana al pasado de la historia de la ilustración y los actores implicados en ella.

Si queréis ver más ilustraciones os dejamos nuestro canal de Pinterest: https://es.pinterest.com/safo_libros/ilustraciones-y-grabados-de-safo/

Representación de los mitos griegos en la literatura romántica

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La mitología griega, de una manera u otra, siempre ha aparecido representada en la literatura, incluso corrientes que se estiman opuestas entre sí han coincidido en el recurso a sus personajes e historias.

Los escritores románticos, desde su rechazo al Neoclasicismo y a las reglas establecidas, reclaman la libertad del hombre, exaltan la figura del autor, fusionan la naturaleza con los sentimientos de su persona, y se dejan llevar por la atracción hacia lo sobrenatural, lo mágico, y lo inexplicable a través de las leyes de la lógica. No es de extrañar, por tanto, que acudan a los mismos mitos que se relataban en el movimiento anterior, mitos, que desde su concepción, tratan de dar una explicación al origen del hombre y de la propia naturaleza.

El matrimonio Shelley, constituye un buen ejemplo de autores románticos que retoman el empleo de la mitología clásica como el pilar sobre el que gravitan sus obras culmen. Percy Bysshe Shelley escribe Prometeo Liberado, drama lírico que vuelve sobre el mito de Prometeo, el titán que roba el fuego a los dioses para compartirlo con los humanos, ganándose así la condena al castigo eterno por parte de Zeus. El mismo mito también es explotado por su esposa, Mary Shelley, la célebre autora de Frankenstein o el moderno Prometeo, donde el protagonista intenta rivalizar con el poder de Dios en su empeño por crear vida, como una clase de Prometeo moderno, de ahí el subtítulo, que forma a los hombres con arcilla de la tierra —tal y como cuenta Ovidio en el libro I de la Metamorfosis—; en un sentido semejante —de conferir vida a lo inerte—, la obra de Mery Shelley encarna con el mito de Pigmalion, el rey que esculpe a la mujer ideal en mármol, y enamorado de su creación, logra que la diosa Afrodita la vuelva real.

En la literatura romántica no escasean los ejemplos mitológicos clásicos, sin alejarnos demasiado del matrimonio Shelley, encontramos a John Keats, amigo de la pareja, que poetiza el mito de Endimión, el pastor que enamoró a Selene, la luna, en su obra Endymion: un romance poético.

No obstante, ya en estos pocos ejemplos se aprecia el cambio con respecto al empleo anterior de los mitos; la pérdida de la armonía neoclásica se compensa con una nueva originalidad, un tratamiento moderno e individualizado de los personajes y las historias clásicas. Los autores románticos recaen así en la exaltación del hombre como ente único, con unas ideas y  unos sentimientos inimitables, que se alejan de los patrones establecidos.

Daudet y la literatura francesa

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Siempre ha sido y será un gusto leer literatura francesa, más si se trata de una obra de Daudet, que hace un buen tiempo no ha sido reeditada y que, gracias a la editorial Libros de la Ballena, llega nuevamente al público para la siguiente temporada.

La literatura francesa del siglo XIX se ha conocido por temáticas que giran en torno al romanticismo de la desilusión, ese ideal inalcanzable que se plantea y que espera que el alma se amplíe, donde los personajes quieren más de lo que el mundo puede darles, pero sobre todo porque van por sus sueños, pese a que esto implique romper con lo moralmente correcto y que la condición humana se vea en todo su esplendor. Y es justamente en este espacio que Alphonse Daudet, sin intenciones de crear un personaje femenino que tenga estas singularidades, sino que queriendo hacer una crítica a esos esbozos de mujer independiente que comienza a gestarse, da vida a Fanny Legrand.

La literatura de Daudet traza la realidad desde aspectos sociales e íntimos, da a conocer la vida en todo su esplendor, con cierta sutileza desvela críticas a la sociedad pero principalmente se vale del arte para mostrar que tanto los altos estamentos como los bajos buscan siempre que se les mencione, se les mienta, halague y festeje; Sapho al igual que otras de sus obras, presenta elementos de la provincia, tanto así que el personaje principal masculino es un estereotipo del hombre de este espacio: Jean, es quien traza la mentira no como algo que no es verdad o que es contrario a lo que se siente, piensa o vive, sino como un espejismo, pero pese a ello busca de manera alguna sortear lo establecido, queriendo cumplir con el ideal del personaje típico de esta literatura. Por su parte, el personaje femenino es la contraparte de ello, conoce la vida desde los instintos más bajos, sus verdades y mentiras, por ello se vale de su conocimiento, astucia e inteligencia para hacerle oposición a lo establecido en el momento como moral y socialmente correcto, buscando algo más de lo que el mundo puede ofrecerle y valiéndose todo aquello que posee para lograr su cometido, claro está una finalidad que rompe con los límites y estereotipos que encasillaban y aún hoy encasillan las mujeres, pero que con Fanny Legrand, poco a poco, se van desvaneciendo e inician una muestra de la independencia de la mujer.

Finalmente, y de manera muy general, en las obras de Daudet hay miseria, toques de decadencia y ambición que muestran lo trivial de la vida; también se presenta la sátira y el humor que, junto a lo anterior, hacen un retracto variado, con toques moralistas, pero principalmente fiel a la sociedad que lo rodeaba.

Safo. Costumbres parisinas

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Bienvenidos a Safo, ¡toda la lira!, el blog que os abre las puertas a una de las novedades editoriales de Libros de la Ballena: Safo. Costumbres parisinas (Alphonse Daudet), libro que será lanzado para la temporada primavera–verano junto con la antología Madres, putas y esposas, y la obra dramática La nona (Roberto Cossa).

Safo narra la historia de amor entre Jean Gaussin, un joven provinciano francés, que al llegar a París conoce a Fanny Legrand, una mujer mayor que él y con mucha más experiencia de la vida y el amor. Una historia que no solo atrapa a los protagonistas en una relación conflictiva por sus constantes contradicciones, sino que también envuelve al lector en un ambiente que le permitirá conocer las costumbres de la época.

Ahora, desde Libros de la Ballena, editorial del Máster de Edición de la Universidad Autónoma de Madrid, rescatamos este clásico de la literatura francesa, con el que el autor pretende advertir a sus hijos sobre los peligros de las relaciones amorosas y, especialmente, las sexuales que envolvían al París bohemio de su época.

Este libro cuenta con un prólogo escrito por Pilar Adón, Las razones del desamor, quien destaca a Safo como una historia pasional que se contempla en la actualidad como un ejemplo de libertad y hasta de justicia final.